Ana Agustín

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Notas Biográficas

Natural de Ávila y periodista de profesión, actualmente, y desde hace más de una década, trabaja en Diario de Ávila.

Desde el punto de vista literario, ha publicado un libro de poesía, Viaje en ausencia (2002) y ha recibido varios premios de poesía y periodismo, como el premio Sarmiento de poesía (Valladolid, 2004), el premio de periodismo Benjamín Palencia (Ávila, 2011) o el premio de poesía Luis López Anglada (Burgohondo, 2013). También ha dirigido varios talleres de poesía  para adolescentes y adultos y ha publicado sus poemas en diversas antologías poéticas y revistas literarias españolas. Ha formado parte de jurados literarios, así como de tertulias y recitales poéticos en diferentes puntos de la geografía nacional.

Poemas

HIJOS DE LA LUZ

Amanece ahora y siempre es tiempo

de volver a la oscura languidez

de los momentos solos, de estériles valles

como el que, aún contra todo, me asombra, y me perdona.

Es posible también regresar a la humedad brillante

y pretenciosa

de fuentes y de ardidas esperanzas.

Sin embargo, me amarro a plegarias que nacen de rodillas,

a besos huérfanos de labios y de carne

que se quedan marchitos en esperas pacientes.

Miro el páramo; te veo. Miro las cimas y estás en la misma cumbre

de pecados veniales que se vuelven regatos

y limpian sus orillas al son de la corriente.

Los latidos secretos me bombean tu rostro,

me piden, a menudo,

que regrese a mi abrigo,

que me cobije en este ocaso

renacido que parece perderse en lejana mirada.

He descubierto ahora

que los hijos de la luz

han vuelto a triunfar contra todo pronóstico,

contra la sombra y la humedad prestada,

adherida a las vértebras

del tiempo y la memoria.

Hijos incandescentes que aún no saben

del rumor del agua

cuando nace,

que no han tenido tiempo

de encontrar en la noche

el refugio del alma,

que no te miran siempre, como te miro yo,

que duermo en tus pupilas…

en secreto.

LA LLEGADA DEL ALMA

 

 

Hoy creí tener el alma prendida

entre los labios.

Sentí como un suspiro confundiendo

el aliento;

pensé que la garganta arrojaba

mordazas a la intemperie

pero luego hallé pedazos de algo nuevo,

más denso…

Creí tener el alma ahí,

en medio del vaho

que la respiración me arroja

después de haber amado.

Noté que ya llegaba

y me puse nerviosa

como cuando un amante

te visita temprano,

antes de lo previsto.

Creí tener el alma hoy

muy cerca de la lengua.

Casi pude rozarla con todas

las papilas gustativas;

inventé un sabor y elegí

un idioma distinto

para poder quererla.

Pensé que era mi alma,

que llegaba despacio

y luego se enredaba entre sílabas mudas

y chocaba en paredes

que este seno no alberga

y no podía escapar

temerosa al mordisco imprudente,

automático…

Hoy, creí tener el alma

dentro de la boca.

 

 

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