María Ángeles Pérez López

MAPL 2015

NOTAS BIOGRÁFICAS

Nacida en Valladolid en 1967, es poeta y profesora titular de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca. Ha publicado los libros Tratado sobre la geografía del desastre (1997), La sola materia (Premio Tardor, 1998), Carnalidad del frío (Premio de Poesía Ciudad de Badajoz, 2000), La ausente (2004) y Atavío y puñal (2012), así como las plaquettes El ángel de la ira (1999) y Pasión vertical (2007). En Catorce vidas (Poesía 1995-2009) se recogió toda su obra hasta 2010. Vaso Roto acaba de publicar su libro Fiebre y compasión de los metales (2016), con prólogo de Juan Carlos Mestre.

Diversas antologías suyas han sido editadas en Caracas, Ciudad de México, Quito, Nueva York, Monterrey y Bogotá. Está en prensa una antología de su obra en La Habana.

POEMAS

[Podría ahora]

 Podría ahora,

mientras un hombre duerme aquí a mi orilla,

remontarme por el río de la sangre

hasta la piedra primera de mi especie,

hasta el vértigo inicial de una mujer ceñida

por los signos, apenas descifrables,

que fueron roturados en su cuerpo.

Mi madre, y la suya, y la suya de la suya,

se agachan despacio y miran en silencio,

se acuclillan despacio.

La mujer que es primera de mi genealogía

calienta en su entraña aquello que rezumo:

la tintura más roja de la sangre,

el ocre de la piel sobre sí vuelta

hasta alargar las manos y el deseo,

ese blanco sin adjetivos de las lágrimas

o la leche que nace por sí sola.

La palabra es una excrecencia más tardía,

no nos ha sido dada por igual,

ni siquiera en mi origen más cercano

se encuentra el don de hablar y conjurar la muerte.

 

Por eso estoy condenada a nombrarlas a todas.

(de Tratado sobre la geografía del desastre)

 

[La mirada insolente]

Para Ana Orantes, a quien su exmarido prendió fuego un 17 de diciembre de 1997.

La mirada insolente

es una forma aguda como un clavo en la tierra,

contiene una porción horrible de sí misma

y apenas imagina

la depauperada humillación de estar

como si no,

del cuerpo que se arruga

y se encoge en su nudo primerizo

volviéndose ceniza, haciéndose invisible

materia degradada por el odio,

la paja que se prende con blandura.

La mirada insolente

acompaña a la mano, a la pierna insolentes

para apresar el cuerpo con el garfio del miedo

porque ella está tan sola y ya vencida,

herida de la queja y azotada

con el tizón de espanto que lleva el que es su ángel

del mal o de la ira.

La violencia insolente

hace temblar los márgenes del cuerpo

y en su lenta combustión como de encina

la tinta de las venas escribe ese calvario

cuando era profanado el templo de la carne

y en el aire se anotan garabatos, grafitis

con la voz enfangada y sucia de ese grito

que calcina los labios, las cuerdas de la boca,

“porque yo no sabía hablar

porque yo era analfabeta

porque yo era un bulto

porque yo no valía un duro”.

 

Oh cuerpo de papel para la hoguera.

(de El ángel de la ira)

[La mujer es]

La mujer es un bello, implacable animal

que se pinta con nieve el corazón.

Una osezna que hiberna largamente

pero pare a sus crías en el frío,

un animal feroz, sobrepasado

por su propia pasión, temperatura

que derrite la escarcha y los desaires.

Mientras el oso duerme, merodea,

mastica con desgana los recuerdos

y rebaja su tasa metabólica,

ella desgasta el tiempo del glaciar

como hielo que vive su tormenta,

su estallido feliz, cristalográfico

que le devuelve el modo más flexible

y líquido, también nombrado amor

o arroyo que le corre por las patas

y hace bajar al hijo, a los oseznos

hasta el suelo en que habrán de levantarse.

Entonces toma nieve y se calienta

el corazón blanquísimo y ardiendo

en su aterida cueva silenciosa.

A nada temerá, con sus dos manos

arranca sus criaturas, sus pesares,

baja vida caliente de sus ingles,

de sus huesos inmensos y esponjosos

que se abren con dolor mientras hiberna.

Las lágrimas de esfuerzo y de alegría

pintan de sal su pelo entumecido

y al caer sobre el hielo lo disuelven.

Con el perfecto blanco sobre blanco,

la floración arisca del invierno

reverdece al igual que la mujer.

(de Atavío y puñal)

[Cada aguja]

En cada aguja gime su puntada,

la lágrima metálica que moja

con su piedad, su acero luminoso,

lo quebrado, lo enfermo, lo mendigo.

Su compasión empapa los quirófanos,

la disidencia herida de la piel

que se restaña con cordial violencia

en los guantes quirúrgicos de látex.

Su compasión moja también el viento,

los costureros ralos de la guerra,

las fábricas de lana y zapatillas,

los tiempos del agravio y la sutura

para iniciar después la misma noche

en cada noche abierta sin dedal.

Por la lágrima bajan la morfina

y el hilo enrojecido de la sangre

que une el dedo meñique al corazón

como vena que el ojo de la aguja

transformó en hilatura y en vivir.

Filamento de luz en lo invisible,

libélula y metal, cada puntada.

(Fiebre y compasión de los metales)

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